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Alicia Urreta: SALMODIA I

Cualquier cosa que se diga sobre Alicia Urreta (octubre 12, 1930 – diciembre 20, 1986) o su obra, podría ser perfectamente encuadrada en la agenda de los temas candentes. Fue una artista tan moderna que todo cuanto dijo o hizo podría ser explicado cabalmente por categorías artísticas o políticas de nuestros días. Desde la categoría de la estética contemporánea hasta la del feminismo, pasando por la crítica del conservadurismo educativo.

Urreta consagró su trabajo a la expresión de sus convicciones estéticas, si no es que a una militancia (la revisión y estudio de esta cuestión está aún pendiente). El ejercicio de escarbar en torno a su obra supondría que los investigadores y musicólogos pusieran a prueba no solo su pericia documental, sino también sus estrategias de análisis y síntesis. Con suerte lograrían sacar a la luz algunas particularidades de la labor creativa de una de las compositoras y pianistas mexicanas más importantes del siglo pasado. Eso sin contar la experiencia revitalizante que significaría escuchar su música con mayor comprensión.

Nosotros vamos a oír, en esta ocasión, Salmodia I para piano (1971) únicamente desde el punto de vista del timbre o color del sonido. Desde el plano más superficial (sensual) que menciona Aaron Copland en las primeras páginas de Cómo escuchar la música. Con todo, es preciso indicar rápidamente que se trata de una pieza dodecafónica, cuyo lenguaje toma elementos de los procedimientos armónicos que aplica Schoenberg en su Suite para piano op. 25, y en su Quinteto de alientos op.26 (el dodecafonismo schoenbergiano se convirtió en la llave de acceso a la vanguardia musical del siglo XX).

Ahora veamos, el timbre es la cualidad o color del sonido producido por un determinado agente sonoro. El oyente inteligente debe saber descubrir los propósitos expresivos del compositor al usar un timbre o combinación de timbres. El propósito de Urreta en esta pieza, por cierto, es extraer la calidad tímbrica del piano. Como pianista experimentada conoce muy bien la naturaleza del instrumento, y sabe que recurriendo a su condición vibratoria puede explotar sus características más individuales, con el máximo rendimiento.

Dice Copland: “El piano se puede utilizar de una de estas dos maneras: o como instrumento que vibra o como instrumento que no vibra. Esto se debe a su construcción, consistente en una serie de cuerdas, tendidas sobre un marco de acero, y un apagador sobre cada cuerda. Ese apagador es vital para la naturaleza del instrumento y está gobernado por el pedal. Si no se toca el pedal, el sonido dura solamente el tiempo que la tecla permanece oprimida por el dedo del pianista. Pero si, oprimiendo el pedal, se levanta el apagador, entonces el sonido se sostiene más tiempo. En ambos casos el sonido comienza a perder intensidad a partir del instante en que se produce, pero el pedal reduce un tanto esa debilidad y es, de consiguiente, la clave de la buena escritura pianística”.

Efectivamente, Urreta combina de manera deliberada en su salmodia efectos sonoros como el cluster (conjunto de sonidos contiguos ejecutados simultáneamente) con duraciones métricas tradicionales y duraciones cronométricas en segundos. Y lo más importante, reclama una especial atención del interprete a la calidad tímbrica del piano, mediante la cuidadosa notación de los pedales.

Ahora escuchemos cómo suena la Salmodia I de Alicia Urreta, en la estupenda interpretación de Alberto Cruzprieto, del disco Imágenes mexicanas para piano, Conaculta, INBA, Cenidim, (1994). El elemento principal de articulación de esta pieza es el tremolo (efecto musical que consiste en la variación de intensidad de un mismo sonido) en ambas manos, de donde procede el nombre de salmodia: canto monótono sin inflexión de voz (recordemos cómo el carácter de la salmodia en la liturgia cristiana es igualmente más bien estático, ya que se recita sobre una sola nota). 

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